LA CASAMANCE

Contrastes, diferentes realidades sociales y culturales, lugares mágicos… la Casamance lo tiene todo

La Casamance es la región situada en el sur occidental del país, entre Gambia y Guinea Bissau. Desde el mismo momento en que llegas aquí te das cuenta que has encontrado un lugar que nada tiene que ver con el resto de Senegal. Y es que para entender la realidad de la Casamance harían falta muchas conversaciones con la gente local, pero con poco basta para poder apreciar las diferencias geográficas, culturales, sociales y hasta de entender la vida que se tiene por aquí. Este modo de vida se ha forjado en torno al río Casamance que, con sus innumerables brazos de agua tupidos de manglares, ha sido la principal fuente de sustento para los habitantes de esta región. El clima más benigno, la cercanía del mar y la abundancia de agua han permitido obtener una variedad alimenticia mucho más rica… y también han sido la base del potencial turístico de una de los primeros destinos del África occidental que comenzó a atraer visitantes.

Los diolas, etnia mayoritaria aquí, tienen unos rasgos físicos bastante diferentes al resto de senegaleses, con un punto parecido tal vez a los bassari del sur oriental. Aunque hay algunos musulmanes, sus costumbres animistas y cristianas solo tienen comparación con los bedik y bassari, muy minoritarias frente al 90 por ciento largo de tradición musulmana. En la Casamance tuvo lugar una ‘casi’ guerra civil en los años 90 en torno a un movimiento en pro de la secesión del resto de Senegal. Para algunos, los motivos aún permanecen y la resolución del conflicto ni mucho menos está zanjada. Para la mayoría, aunque no simpaticen con la Administración central y reconozcan abiertamente las diferencias con los vecinos del norte, la rebelión es agua pasada. De hecho, el movimiento independentista no supo ser popular y la mayoría de la población desaprueba la violencia, aunque bastante gente dice no sentirse senegalés al 100%… y eso es algo que, en realidad, puedes llegar a entender perfectamente con sólo unos pocos días de estancia.

La Casamance - Senegal

El problema de la Casamance comenzó, como en tantos otros lugares de África, con la colonización europea. Con unas fronteras hechas a escuadra y cartabón y un reparto de territorios como si hablásemos de un pastel de manzana, sólo así se explican determinadas realidades. Por ejemplo, que en Senegal convivan diez etnias diferentes o que la etnia peul, mayoritaria en la región de Kedougou, esté presente en cinco países distintos. ¿Cómo se hubiesen dibujado las fronteras de los Estados si la historia hubiese seguido su curso normal? Eso es algo que no sabemos, pero es bastante probable que una mayoría peul formase un solo país o que los diolas, muy diferentes al resto de senegaleses y con un territorio aislado de forma natural, hubiesen hecho lo mismo. Al hilo de la realidad existente en la Casamance, un habitante local te dirá que se parece a un senegalés de Dakar o del norte, lo mismo que un portugués a un alemán. En cierta medida, lo bonito del asunto es que puedan convivir en armonía dentro de unas mismas fronteras, pero la cuestión no sólo se reduce a eso.

A la diferencia de caracteres, hay que unir otro factor clave que ha ayudado al devenir de los acontecimientos aquí: el aislamiento. La Casamance está delimitada al norte por Gambia, un país anglófono víctima de las disputas coloniales, que queda en medio de Senegal, y al sur por Guinea Bissau, país de habla portuguesa. A eso hay que añadir una teoría que circula por la región, la de una especie de complot de la capital, que ve en la Casamance el granero del resto del país y que no devuelve los beneficios que aquí se producen. Las comunicaciones no son buenas, ya que hay un solo barco que une Dakar con Zinguinchor, la capital de la Baja Casamance. Por tierra hay que atravesar Gambia y los controles de aduana, a lo que hay que añadir la interminable espera del transbordador del río Gambia, que desalienta a muchos empresarios hartos de los gastos extra en logística. Por tanto, apenas hay presencia de empresas, el dinero no fluye y el turismo se presenta como una de las pocas alternativas de mejora económica.

La Casamance

Los continuos cierres por parte de la Administración senegalesa del aeropuerto de Cap Skirring, principal núcleo turístico de la zona, te hace reflexionar muy en serio sobre la veracidad del complot. Antes de la guerra civil, la Casamance despuntaba con un potencial tremendo de atracción de visitantes, pero las cifras de visitantes cayeron en picado desde entonces. De las 43.340 en 1991 se pasaron a las 26.941 llegadas en 2005. Hoy en día, poco a poco la cosa se va recuperando pero la presencia del ejército es, en algunas zonas, bastante intimidatoria y aún quedan grupos aislados de ladrones, que se hacen pasar por rebeldes y que mantienen una incertidumbre que no ayuda. Aún así, la belleza de esta región bien merece pasar algún riesgo y el contraste que se experimenta con otras regiones del país constituye una experiencia única de casi obligado cumplimiento.

La Casamance

Si Senegal es el país de la téranga, la Casamance probablemente sea la guinda al pastel de la hospitalidad, con un trato cortés, amable y jovial al visitante que se hereda de padres a hijos. Para muestra un botón. Dice un dicho local que “en casa del Diola, el extranjero es el rey” y una vez que estés allí te darás cuenta que con poco recibes mucho de sus gentes. Si algo tiene la Casamance es que no deja indiferente a nadie, con una diversidad cultural y social envidiable, sus gentes, su cultura, sus costumbres, sus aldeas, sus islas, su clima, su vegetación… Hay tanto que ver y hacer que no sabrás ni por donde empezar. Su capital Ziguinchor, el rey Diola en Oussouye, un paseo en piragua hasta Carabane, pesca artesanal… Un auténtico paraíso terrenal en donde, dependiendo de la época del año, podrás ver como se elabora el vino de palma o ayudar en la siembra o recolección del arroz. Partiendo del idílico pueblo de Catchuane, después de siete kilómetros de caminata sobre suelo arenoso, podrás llegar a Diembéreng y descubrir una subcultura diola, con dialecto propio, a orillas del majestuoso Atlántico. Una tentación que bien merece el esfuerzo del camino.